
Todo comenzó con una charla familiar la noche de navidad, y un comentario de mi tío (junto a mi abuelo, la persona más sabia que conozco, a pesar de nuestra diferencia de opiniones). Luego de que yo les expliqué a los mayores los avances tecnológicos y los cambios en el estilo de vida interconectada que llevamos y que nos espera, mi tío contestó:
"Su generación tendrá todo eso, pero no creo que eso los haga más felices".
Estuve de acuerdo, de inmediato.
¿Cómo no estarlo?
Alguien verdaderamente cree que el bombardeo de estímulos, de avances y progresos genera más felicidad? Podemos discutir la calidad de vida y la diversidad de experiencias (discutir, porque esta supuesta calidad y diversidad no es accesible para todas las personas), pero creo que sin duda nuestra felicidad no se ha incrementado. De hecho creo que ha disminuído.
Luego de analizar el tema intensivamente, concluí en tres puntos concretos que nos complican alcanzar la felicidad en el mundo de hoy, especialmente a nuestra generación Y.
Comparando
El hombre, desde sus comienzos, compite con otros hombres. Esta competencia trae consigo comparaciones, rivalidades y muchas veces envidia, e inclusive odio. Sin necesidad de irnos a los extremos, creo que las simples comparaciones nos alejan de la felicidad.
Hoy, a diferencia de generaciones anteriores, las comparaciones pasan por un canal distinto. La globalización, con internet como su arma principal, nos ha abierto la puerta a un sinfín de nuevos conocimientos, y con ellos, a una plétora de sujetos con quienes compararnos.
Yo no vivía hace 40 años, pero asumo que las comparaciones en esa época eran muy distintas. Uno se comparaba con quienes tenía contacto, con quienes sabía de su existencia. Lo positivo de estas comparaciones, es que al conocer a la persona con quienes nos estábamos comparando, podíamos ver sus defectos, o inventarlos si era necesario. Podíamos racionalizar cómo esa persona en realidad no era mejor que nosotros. Porque efectivamente, no lo era. A lo sumo era mejor en ALGO, pero no en TODO.
Pero ahora, ¿qué ocurre? Internet y el mundo globalizado nos muestra que podemos compararnos no solo con las personas que conocemos, y las "estrellas" locales, sino que podemos hacer benchmarking con todo el mundo!
Alguien que me explique cómo es posible ser feliz bajo estas condiciones. ¿Cómo hacemos para ser el más talentoso, más joven, con mejor promedio, con mejor sueldo, que lee más libros, con la novia más linda, que viajó por todos lados, con tanta experiencia, que conoce a tanta gente, con tiempo para escribir un libro, un blog, mails y chatear por msn, mientras sale con sus amigos y juega bien al fútbol, basquet y Winning Eleven?
No se puede. Tampoco se podía antes. Antes, ganábamos algunas batallas, perdíamos tantas otras, y lo aceptabamos.
Pero he aquí el problema. Lo que la globalización ha causado es que no solo no podamos ganar en todo, sino que no podemos ganar en NADA! No importa cuánto nos esforzemos, siempre habrá un pez más grande. Alguien en la web, en las revistas, en la televisión se destacará más que nosotros en algún campo en particular. Profesional, emocional, deportivo, you name it.
Esto es particularmente cierto y actual para todos aquellos que bloguean. Es tan fácil "deprimirse" al ver otros blogs más exitosos que el nuestro, que sentimos que nunca vamos a llegar ahí. Mejor diseño, más comentarios, más seguidores, más gadgets, lo que sea. Todo es susceptible de comparación.
Metafóricamente, nos cagamos en todo lo que dije, y nos dedicamos a vivir nuestra vida.
Literalmente, lo mismo (sin cagarse).

Conclusiones
-Ser el mejor, en muchos casos trae consecuencias desagradables. Trae desequilibrio, pues se descuidan otras facetas de la vida igualmente de necesarias para nuestra felicidad. Elvis Presley, Alfonsina Storni, Freud. Todos fueron referentes en sus profesiones y llevaron vidas personales desastrosas. No te concentres en el que te supera, concentrate en encontrar el equilibrio necesario para ser "el mejor en tu felicidad".









